Esta crítica ha sido leída 10352 veces
La Tierra permanece,
de George R. Stewart
Título original: Earth Abides
(1949)
Portada: Opalworks
Traducción: Gregorio Lemos
Editorial: Minotauro Colección Kronos nº 23
(2004)
El libro en cyberdark.net
Libro disponible en la tienda de cyberdark.net
George R. Stewart
Libros en cyberdark.net
|
Iván Olmedo (Odemlo), Agosto 2004
Podemos dar por supuesto que la idea del fin de la civilización y
la agonía de la humanidad está en la lista escogida de los temas universales que nos
acosan una y otra vez, quizás -a poco que lo pensemos- desde que la misma civilización
existe, aún en sus estadios más elementales. Pudo ser una presencia abrumadora en la
mente del hombre primitivo, y como el más allá o el mismo concepto de los dioses, una
sombra de duda maravillada ante lo terriblemente desconocido. La literatura, cómo no,
expresión pública de temas íntimos y generales del ser humano, juntó a los cuentos
sobrenaturales y las historias épicas las narraciones donde el argumento principal es
aquel que comúnmente denominamos, para entendernos, el fin del mundo. Con el
florecimiento del género de ciencia ficción (tras muchos siglos de anterior literatura
que esbozaba estos miedos, es cierto) se halló una mina inagotable de inspiración basada
en el concepto; y no digamos ya si tenemos en cuenta que el auge del género de
anticipación y la realidad de la Guerra Fría (uno de los periodos en que a la humanidad
se le desbocó la imaginación gracias a la proliferación de armas nucleares y la
posibilidad de una destrucción mutua asegurada...) son fenómenos que podemos considerar
muy cercanos en el tiempo.
Con la perspectiva que nos da este año 2004; cuando ya no hay
bloques antagonistas (o esa es la idea oficial), cuando el subgénero ha dado ya multitud
de obras con diferentes desarrollos de la idea, entre las que citaré (son las que primero
se me ocurren) la controvertida El cartero, de David Brin; la folletinesca El
martillo de Lucifer, de Niven y Pournelle; la plomiza Mundo desierto, de Jean
Pierre Andrevon; o la fantástica Mecanoscrito del segundo origen, de Manuel de
Pedrolo (deudora en gran medida del título que nos ocupa), comprobamos que el número de
obras es considerable. Y bien se trate de una guerra nuclear, un misterioso virus, una
invasión alienígena, un cometa gigante o un cambio climático radical, los autores se
han esforzado por darnos una visión de qué podría pasar si nuestra civilización se
derrumbase, tras la muerte de un número considerable de seres humanos, y cómo encararían
la situación los supervivientes.
Tanto el título como la frase que abre esta novela, extraída del
Eclesiastés, son una auténtica declaración de intenciones: Los hombres van y vienen,
pero la Tierra permanece. Esto nos anuncia, en cierto modo, la trascendencia de la
obra. Y, de hecho, Stewart quiso crear una obra trascendente, donde la agonía de los
humanos es una mera excusa para ahondar, y aun filosofar, sobre nuestra especie. El
detalle del devastador virus que nos asola (no así a animales y plantas), es a todas
luces anecdótico: lo que en una obra moderna podría ser el eje de la trama, cómo ha
aparecido ese virus y cómo combatirlo, no tiene la menor trascendencia en este clásico.
Así, Isherwood Williams, el protagonista, deambula tras el Gran Desastre por unos Estados
Unidos barridos por la plaga, buscando respuestas. Hasta que, bien pronto, encuentra a
una mujer adecuada y junto a otros elementos forma una primitiva comunidad que intentará
subsistir de la mejor manera posible. Puestas las cartas sobre la mesa, el resto de
la novela es un desarrollo de la vida de nuestros protagonistas, a modo de espejo de
lo que quizás esté ocurriendo con el resto de la humanidad. O no...
La Tierra permanece no es, en absoluto, una de esas historias
catastrofistas a las que nos han acostumbrado unas pocas novelas y un sinfín de películas,
donde la espectacularidad y la acción son elementos clave. Es una novela profunda, en el
mejor sentido, donde se da preponderancia al desarrollo de ideas políticas y sociales;
religiosas y morales... Es precisamente en los terrenos de la moralidad donde encontraremos
las mayores sorpresas y los mayores reproches que podemos hacerle al texto. Teniendo
presente en todo momento la época y culturas que vieron nacer la obra de Stewart, no
podemos asombrarnos al comprobar que numerosos tintes racistas y aún machistas afloran
en el comportamiento de estos supervivientes, sobre todo al asistir a un auténtico
despliegue de reflexiones y pensamientos a través de Ish, el líder. A este respecto
me gustaría apuntar, sin ánimo de desvelar ningún detalle decisivo de la trama, el
impresionante momento que se vive en la tribu cuando un desconocido llega a su remanso
de tranquilidad, y dilemas nunca conocidos comienzan a extenderse entre sus miembros.
Estas connotaciones tan evidentes y poco recomendables desde un punto de vista moral a
las que me refiero no afectan, sin embargo, las intenciones de la novela. Digamos que
son un mal menor y consustancial dadas las circunstancias. Puede que no comulguemos con
ellas, pero se trataba de otro tiempo y otras actitudes.
El tiempo... Curiosamente, La Tierra permanece es una
obra por la que, detalles aparte, no parece pasar el tiempo. La intención de Stewart de
crear un gran ¿melodrama? humano hace que la novela aparezca ante nosotros tan fresca como
hace cincuenta años. Los sentimientos, los remordimientos, la angustia, el miedo, la
desesperación y la incertidumbre son sensaciones de la especie tan válidas hoy como entonces,
y a las que no pueden arrastrar modas, tendencias ni amaneramientos. Se
trata, principalmente, del pulso entre la humanidad y la Tierra, y estos son los dos
auténticos protagonistas, por encima de todo. La humanidad, vista a través de los ojos de
Ish; y la Tierra, que aquí parece en ocasiones un verdadero ser vivo, latente, un personaje
con alma y sentido propios que no ha respirado el virus asesino y, libre de las
imposiciones del ser humano, comienza de nuevo a vivir su vida en libertad, en un
renacimiento inesperado. Las plantas crecen, desatadas, y los animales vuelven a conquistar
como suyo lo que una vez nosotros les arrebatamos. En muchas páginas encontramos también
un perfecto retrato de lo que serían nuestras ciudades desprovistas repentinamente de la
presencia del hombre, con imágenes de gran fuerza y pasajes bellos a la vez que trágicos.
Es cierto que existe un leve mensaje ecologista, sí, que en estos tiempos pudiera hacer
incluso que otro tipo de lectores se acercasen a la novela, no solamente los habituales
de la ciencia ficción.
Un cierto tufillo bíblico emana de la trascendencia de la obra,
sostenido por un texto paralelo a la acción que nos alecciona detalladamente sobre la mayor
parte de lo que acontece, y algún guiño que no deja de ser claro, como el de la serpiente
que muerde a Ish al inicio y, en cierto modo, resulta ser la salvadora de un nuevo Paraíso.
Dadas las características de La Tierra permanece, quizás esto era inevitable. Tenemos
entre manos, con todo, un texto que nos hará reflexionar profundamente en el sentido de la
sociedad y el individuo; ¿es deseable abandonarse al destino, a la mera supervivencia
diaria, o preferible intentar la lucha por organizarse y levantar nuevamente una civilización
sobre las ruinas y conocimientos de la antigua?
La Tierra permanece, uno de los clásicos mayores de la ciencia
ficción de todos los tiempos, demuestra ser una obra valiosa al dejar una profunda huella en
el lector y hacerle pensar. Por otra parte, se trata de una narración asequible a cualquier
tipo de aficionado, absorbente y que no creo capaz de decepcionar.
En la ciencia ficción las modas van y vienen, pero La Tierra
permanece... permanece...
|